1. El primer año de vida
Desde el momento en que nace, el niño evoluciona poco a poco hasta integrarse al mundo que lo rodea. Los primeros meses constituyen una etapa de adaptación e interiorización de las experiencias que le llegan del exterior.
La presencia de otros seres humanos es vital para la supervivencia del bebé, especialmente su vínculo con la madre, si bien también el padre juega desde el comienzo un papel fundamental.
Todo individuo nace dentro de una familia y ésta es el ámbito esencial que determinará su desarrollo y gran parte de su destino.
Según el famoso terapeuta Bert Hellinger, cada persona llega al mundo a través de los padres que le corresponden y ésos son los adecuados para ella, con todo lo bueno y lo no tan bueno que ellos posean.
En esta primera etapa de su vida el niño requiere la presencia permanente de su mamá, de modo que la ausencia prolongada de ésta, por cualquier motivo, puede ser altamente perjudicial.
Tanto en el primer año de vida, como en cualquier otra etapa, la ausencia de la madre puede producir un grave fenómeno denominado por Hellinger el “movimiento interrumpido”, el cual puede generar en el niño retraso en su desarrollo, sensación de abandono, depresión, ansiedad, rechazo y temor de volver a perderla, todo lo cual afectará su desarrollo posterior y su equilibrio emocional en la edad adulta.
Esto ocurre puesto que todos nacemos con una tendencia a ser amados y amar sin restricciones, en un constante “movimiento amoroso” que puede ser bloqueado o interrumpido cuando nos ocurre algo que consideramos no amoroso, en las primeras etapas de la vida.
2. Procesos claves
En esta primera fase el bebé va ampliando su mundo interior y también su conocimiento del mundo exterior a través de sus sentidos, es decir, de la inteligencia sensomotriz.
El niño desarrolla su personalidad, desde el primer día, bajo la influencia del sistema familiar y luego en la sociedad. La primacía de la familia en su vida es innegable en esta etapa.
El primer año gira en torno a la alimentación y a la formación de un yo primitivo, ya que el bebé comienza a percibir a la madre como alguien que satisface o no satisface sus necesidades, pero a quien va viendo como una persona separada de él y diferente de sí mismo.
Esta primera etapa es crucial, según sea su relación con la figura materna, y generalmente estará conformada por una mezcla de experiencias positivas cuando sus necesidades son satisfechas prontamente por ella o negativas, cuando no lo son.
Por ello es vital que los padres, en esta fase inicial, se hallen presentes en la existencia del bebé con la mayor intensidad y afecto posibles.
3. Después del primer año
Al cumplir el primer año el niño pasa, generalmente, de ser “gateador” a ser “caminador”, lo que le da una perspectiva diferente del mundo y lo hace más independiente y avanzado en su desarrollo.
Ya sabe quiénes son sus padres y puede recordarlos sin necesidad de que se hallen presentes. Desde uno a tres años el niño tolera una separación breve de ellos, pero sigue afectándolo negativamente si es prolongada.
Comienza a desarrollarse el lenguaje expresivo y utiliza algunas palabras, pero sobre todo gestos para comunicarse. En esta etapa se da en él un pensamiento mágico e ilógico.
El desarrollo emocional es muy grande en esta fase ya que el niño comienza a controlar sus impulsos y deseos, va aprendiendo y aceptando las normas familiares, especialmente si se le enseñan con amor, respeto y valoración de su persona.
La psicomotricidad progresa enormemente y mejora su imagen corporal haciéndose cada vez más adecuada y realista. Igualmente avanza en su desarrollo intelectual y en su acercamiento a otras personas, siendo especialmente importante su relación con otros niños. El aprendizaje se interioriza ya a través de imágenes mentales.
Su idea del mundo sigue siendo mágica, pues cree que aquel se halla completamente determinado por él y por sus actuaciones.
En esta fase los medios para aprender son básicamente la imitación y el juego, de ahí la importancia de ambos para su desarrollo. Imita especialmente a las personas más significativas para él: el padre y la madre, identificándose con uno o con otro según el sexo del niño.
4. Otros aspectos importantes
Esta fase primera es fundamentalmente egocéntrica, el niño va construyendo poco a poco su yo y toda su vida gira alrededor de sí mismo como centro del mundo, con una actitud de total omnipotencia que deberá ser superada más adelante en su proceso evolutivo.
Aquí la omnipotencia significa que yo puedo hacer y crear todo lo que se me antoje, es decir, ser el autor de todo lo bueno y todo lo malo a mi alrededor. Igualmente esta omnipotencia tiene otra cara y es creer que el otro es quien hace, crea o es el autor de todo cuanto ocurre, lo bueno y lo malo, cosa que me lleva a considerarlo culpable de todo.
Por ello, cuando por ejemplo alguien muere en la familia, el niño puede considerarse culpable de dicha muerte y, por consiguiente, trata de buscar ser castigado por ello. A veces esta concepción perdura a través de los años y siendo adultos actuamos de acuerdo con ella, en especial en las situaciones de conflicto. Es el caso de los padres que se creen omnipotentes o de las personas que se consideran víctimas de los demás en todas las ocasiones, etc.
En los primeros años el niño hace muchas preguntas, buscando respuesta a sus inquietudes y angustias, con una profunda curiosidad que nunca se satisface suficientemente.
Las experiencias en el preescolar son una prolongación de su experiencia familiar ya que la maestra es como la representación de la mamá, los compañeros representan a sus hermanos y los conflictos que aquí vive representan en cierta forma los de su hogar. Por ello también es esencial esta vivencia para su socialización progresiva y está igualmente influenciada por la que haya tenido en su sistema familiar.
Cuanto se vive en esta temprana etapa no se supera completamente sino que puede reaparecer en la adolescencia, especialmente si no se han podido resolver adecuadamente los conflictos en la infancia.
5. Cuestiones prácticas
- En esta etapa la presencia y el papel del padre y la madre son definitivos. Por eso deben ser tan cuidadosos en no ausentarse demasiado. Si las circunstancias los llevan a una separación inevitable con su hijo, cuando vuelvan a encontrarse con él es necesario abrazarlo y permitirle que exprese su dolor y su rabia por haber sido “abandonado”. Si se le tiene paciencia y se le reciben esos sentimientos negativos, el vínculo se restablecerá y así quedará superado el trauma que ha sufrido.
- Igualmente es necesario que los padres sean muy conscientes de sus comportamientos, palabras, actuaciones, etc. respecto al niño, de modo que el “movimiento amoroso” no se vea afectado, en lo posible.
- A través de la imitación y el juego el niño aprende las pautas y conductas fundamentales de su familia, lo cual cimentará su vida futura. De ahí que sea esencial el que los padres se preocupen por suministrarle ejemplos y juegos de calidad, positivos, que les muestren y enseñen valores.
- También es de vital importancia llevar a cabo una comunicación apropiada con el niño, favorecer el diálogo con él, contarle y leerle cuentos constructivos, establecer un uso frecuente del lenguaje, tanto verbal (palabras) como no verbal (gestos cariñosos, abrazos, besos, caricias, etc.), para estimular su desarrollo y satisfacer sus necesidades emocionales, intelectuales, fisiológicas y afectivas.
- El niño no debe ser nunca maltratado, ni de palabra ni de obra. La violencia física o psicológica es un grave error que no debe cometerse nunca en la crianza de los hijos.
- En esta primera etapa de la vida del niño se abona la tierra para que él tenga una buena imagen de sí mismo, la cual nace y crece de acuerdo con las reacciones y comportamientos que los padres asuman respecto a él, es decir, será positiva si se siente amado, valorado y respetado por ellos.
- Todo ser humano tiene en su interior, desde que nace, una lealtad absoluta hacia sus padres y su familia, lealtad que hace que se halle dispuesto aun a llegar hasta la muerte, con tal de cumplir sus mandatos o evitarles algún sufrimiento. De ahí la gran responsabilidad que tenemos los padres frente a los hijos y a su crianza y la inmensa necesidad de que nos preparemos adecuadamente para esta delicada misión que hemos elegido o nos ha correspondido cumplir.