Cuando estamos en una relación nos guía una voz
interior que reacciona automáticamente si hacemos algo
que podría dañarla o ponerla en peligro.
Esa instancia es la que llamamos conciencia. La que regula
el equilibrio en nuestras relaciones personales y familiares.
Si perdemos el rumbo que ella nos dicta, surge una sensación
de malestar que nos predispone a hacer algo para restablecerlo.
En consecuencia, es fácil deducir que la conciencia regula
las relaciones y que se rige por una sensación de malestar
o de placer interior.
Aunque no nos demos cuenta, la conciencia tiene un poder enorme
sobre nuestra vida. Dirige nada menos que nuestras relaciones
con los demás. Para hacerlo, se rige por unos órdenes
naturales determinados. Si quiero saber cómo marchan
las cosas en mi familia, con mi pareja o con quien quiera, puedo
fijar mi atención en lo que me está señalando
la conciencia. Mas, sin embargo, esto no es tarea fácil.
Aquí pretenderemos entenderla.
Si estoy en armonía con los órdenes naturales
puedo permanecer en una relación. Me siento liviano,
en paz y en equilibrio. Si, por lo contrario, me desvío
de las condiciones que me permiten estar en la relación,
inmediatamente la hago peligrar. Siento una sensación
de malestar que actúa como un reflejo y que, sin que
lo advierta, me obliga a hacer algo. Este proceso lo experimento
como una deuda hacia otro u otros.
Y esa sensación de deuda es lo que llamamos culpa. En
oposición está la sensación de paz y liviandad,
libre de culpa, la que llamamos inocencia. Culpa e inocencia,
las experimentamos únicamente en las relaciones con los
demás. La culpa se refiere a la otra persona. Me siento
culpable si hago algo que perjudica la relación. La inocencia
me libera. Me siento inocente si hago algo en provecho de la
relación.
La conciencia tiene la tarea de vigilar que exista armonía
en las tres necesidades elementales de todo ser humano: la vinculación
o pertenencia al sistema familiar, la nivelación entre
el dar y el recibir, y la necesidad de mantener el orden natural
de la vida y del amor. Si se conserva un equilibrio en todas
tres, podemos conseguir buenas relaciones.
Esto es algo complejo si tenemos en cuenta que cada una de
estas necesidades se impone en nuestra conciencia con una sensación
particular de culpa o de inocencia. Así, nuestra experiencia
de culpa es diferente, dependiendo de si proviene de una alteración
o violación a las leyes de la vinculación, a las
de dar y el tomar (recibir) o al orden natural.
Culpa e inocencia, ¿Cómo obran?
En cuanto a la vinculación o pertenencia, la culpa se
siente como miedo a sufrir una pérdida o expulsión,
también como lejanía; mientras que la inocencia
se vive como cobijo o cercanía.
La pertenencia al sistema familiar o a la relación personal
siempre peligra. La seguridad no puede experimentarse sin miedo
a vivir lo contrario: la pérdida. Cuanta más seguridad
se da, tanto más miedo se tiene a dejar de tenerla. Por
eso, mientras mejores sean unos padres, tanto mayor es el miedo
(culpa) del hijo a perderlos.
En la seguridad que da la inocencia (cobijo o cercanía)
está implícito el derecho a formar parte de un
grupo, pero nunca se sabe por cuánto tiempo. De esta
manera es fácil concluir, que la inseguridad es parte
de la vida. Y que los padres no tienen culpa del miedo que los
hijos sienten al experimentarla. Pues la pertenencia o vinculación
se tiene que ganar permanentemente una y otra vez; nunca es
una propiedad segura, para nadie.
Conciencia familiar vs. Conciencia social
Para la conciencia, la vinculación al grupo de origen
tiene prioridad ante cualquier otra razón o moral. Por
lo tanto, no nos podemos fiar de la conciencia, si se trata
de discernir entre el "bien" y el "mal".
Debido a que ésta es la que asegura la pertenencia al
sistema familiar, tiene la tarea de defender la vinculación
sin importar lo que haya que hacer.
Para la conciencia lo válido es lo que es inherente
al sistema de origen. Por eso, actos malvados muchas veces son
realizados con plena conciencia, en la medida en que son admitidos
dentro del grupo familiar. Lo que para un sistema puede ser
válido para otro es posible que no lo sea, pues cada
grupo familiar tiene su propia conciencia. Así, por ejemplo,
si para pertenecer a una familia de criminales debo asesinar,
lo hago sin cuestionarme, pues ese es un valor en mi familia,
aun cuando sea inaceptable moralmente para la sociedad.
La conciencia nos sensibiliza hacia nuestro propio sistema
familiar y nos hace ciegos para la de otros grupos. Las reglas
del juego son distintas para cada familia y todo miembro las
conoce, y se atiene a ellas. Una familia de negociantes, por
ejemplo, explota y abusa de los demás sin cuestionarse,
si ése es un valor que se respeta al interior de la conciencia
familiar.
La conciencia familiar muchas veces puede oponerse a la social,
y ahí es donde surgen los problemas. Pues la conciencia
familiar no puede estar por encima de la social. Es decir, no
puede primar sobre lo que reconcilia a la sociedad. Sin embargo,
es corriente que la conciencia familiar se imponga. Una familia
de pescadores piensa que por encima de la conservación
de las especies para el bien ecológico y social, está
la necesidad de su familia de pescar, así sea con dinamita,
son sus valores y sobre éstos no tiene reservas.
Es así como la conciencia familiar se enfrenta continua
e ineludiblemente con la conciencia social. No tiene en cuenta
que lo que reconcilia y establece la paz es que la conciencia
social esté por encima de la familiar.
En cuanto se refiere al equilibrio entre el dar y tomar (recibir),
experimentamos la culpa como obligación (deuda) y la
inocencia como libertad de cualquier obligación.
Lo primero que hay que señalar es que no existe tomar
(recibir) sin que se pague un precio por ello (quedar en deuda).
Viene así, la obligación como culpa.
Ahora bien, si tomamos la inocencia que da libertad de obligación,
nos encontramos con que ésta desvincula, corta la relación.
Si no doy ni recibo nada no hay interacción. Luego, para
que se conserve una relación tenemos que estar en permanente
dar y tomar.
Y, si decido que recibo y devuelvo tanto como recibí,
también quedo libre de obligación. Detengo la
fuerza que tiene el proceso de dar y el tomar. Me siento ligero
de obligación, pero ya no conservo ninguna vinculación.
Y, si decido dar mucho más de lo obligado, ¿qué
pasa? La libertad de obligación se aumenta y experimento
la inocencia acrecentada. Un sentimiento que me da derecho a
la reivindicación y a la búsqueda de compensación.
Así, lo que logramos es desviamos mucho más de
las condiciones que mantienen el equilibrio.
De manera que, para que se mantenga una relación tenemos
que recibir y después dar lo que nos dieron y un poco
más. Enseguida, el que recibe devuelve lo que recibió
y un poco más. Este dar en mayor proporción permite
que las relaciones continúen, pues siempre habrá
alguno en deuda, presionado a devolver. Es decir, se establece
un intercambio sano que ayuda, que hace crecer el vínculo.
Hay un dar y un tomar permanente.
La conciencia y el equilibrio
La conciencia familiar no solo facilita que estemos vinculados
al grupo sino que sirve para satisfacer la necesidad de equilibrio
dentro de éste. Muchas veces, dar más en el grupo
familiar nos permite liberarnos de culpa. Es el caso de los
que tienen el sentimiento de aventajados, con mejor suerte o
preferidos. Buscan la compensación a su sentimiento,
dando mucho.
También, la conciencia puede guiarnos hacia un sentimiento
de deuda con el grupo por tener un destino menos difícil
que el que experimenta el núcleo familiar. Por ejemplo,
el hijo no adicto en una familia de alcohólicos. Al tener
el sentimiento de no deber nada a la familia y estar libre de
toda obligación, corta la vinculación. La persona
no adicta se siente sin familia, sola y excluida o con una inmensa
necesidad de hacer algo por ayudar a sus miembros, y así
lograr la compensación.
Para mantener satisfecha la necesidad de vinculación
o pertenencia al sistema familiar necesitamos encontrar equilibrio
entre el dar y el tomar. La conciencia regula estas instancias
y sostiene un tire y afloje. Proceso que no solo nos permite
sentirnos vinculados sino que contribuye a impulsar la relación.
A manera de necesidad de compensación, esta dinámica
tan difícil de intuir, regula el intercambio en el grupo
familiar.
En cuanto al orden, teniendo en cuenta que la conciencia está
al servicio de las disposiciones sociales que nos rigen para
mantener condiciones predeterminadas (normas, ritos, convicciones,
tabúes comunes), sentimos la culpa como infracción
y miedo al castigo, y la inocencia como lealtad a la conciencia
y cumplimiento.
La culpa nos indica hasta qué punto podemos ir para
seguir manteniendo nuestra vinculación al grupo familiar;
nos pone los límites. No obstante, podemos movernos dentro
de un margen de libertad sin sentir culpa ni ver amenazada nuestra
pertenencia. Esos márgenes varían con cada relación,
Y así como a veces se vuelven estrechos, otras se hacen
muy amplios. Pero lo cierto es que si traspasamos los limites
hacia cualquiera de los extremos, el precio que pagamos es la
culpa, con las respectivas consecuencias para nuestra felicidad
y la de otros.
Reconocer la culpa
La conciencia, al servir a las tres necesidades básicas:
vinculación, equilibrio y orden, lo hace de diferentes
maneras. Así, lo que nos exige al servicio del vínculo,
nos lo prohibe cuando sirve al equilibrio entre el dar y el
tomar. Y lo que nos permite por el bien del orden, quizás
nos lo impida al considerar el vínculo o pertenencia.
Si se impone una de las tres necesidades, las otras quedan
insatisfechas. Por eso, cuando la conciencia nos declara culpables
por una parte, por otra nos absuelve. De manera que, nunca podemos
tener la conciencia del todo tranquila. Y, si hay injusticias
ocultas, la conciencia las repara a través de mecanismos
especiales.
La culpa que existe no la advertimos porque los sentimientos
de culpabilidad se dan ahí, justo en lo que rehusamos
reconocer. Aceptar la culpa es una forma de reparar desequilibrios.
Cuando ésta es reconocida y asumida deja de sentirse.
Se transforma en una fuerza interior que actúa para el
bien propio.
En la medida en que convalidamos nuestra culpa interrumpimos
la energía negativa que proviene de ésta. Nos
llenamos de fuerzas que nos aligeran y nos permiten realizar
acciones que antes no podíamos efectuar. Es una reparación
interior. Ese reconocimiento es la fuente que reconcilia a las
víctimas con los victimarios y les permite lograr que
del sacrificio al que fueron sometidos, surja algo que ayuda
y beneficia a la persona y a la relación.